Por Laura Basso y Elisa Iparraguirre
Docentes de la Cátedra Problemática Socio-Habitacional de la Facultad de Arquitectura
Cuando se habla de la imposibilidad de acceso a la vivienda, generalmente se asocia a los sectores vulnerables de la población. Actualmente podemos decir que si bien los sectores postergados siguen teniendo negado el derecho a una vivienda digna, el problema se ha extendido a otros sectores que si bien están inmersos en el mercado laboral, tampoco pueden proyectar la posibilidad de obtener una vivienda a lo largo de su vida, como lo hicieron otras generaciones.
Las políticas habitacionales que históricamente estuvieron ligadas a las “clases trabajadoras”, como el FONAVI por mencionar la más reconocida, actualmente no se adecúan exactamente a ese sector, ya que los pobres no tienen un ingreso familiar formal que les permita cumplir los requisitos de esta política, y la clase media o los hijos de la clase media, que quizás cumplen con esta condición, no pertenecen al sector para el cual fue diseñada. Desde los años ’70 la implementación de políticas habitacionales no ha sufrido ningún cambio significativo que acompañe el contexto histórico, social, político y económico actual.
Estamos hablando de un sector de la población en el que se incluyen jóvenes de entre 30 y 40 años, que han logrado un título universitario y se han insertado en el mercado laboral hace poco tiempo, parejas jóvenes aún dependen de la contención económica y habitacional de sus padres. Lamentablemente para ellos no existe una política que tome en cuenta sus necesidades. Ni el Estado, ni el mercado, ni los sistemas crediticios para construir o adquirir una vivienda.
Es aquí donde se visualiza un problema subyacente, que es el problema del suelo. Si bien acceder a una vivienda es una complicación, el acceso a un terreno con servicios e infraestructura adecuados es aún más difícil. La especulación que hacen algunos con sus propiedades, dejando que el tiempo y la urbanización pasen sobre ellas, sin ocuparlos y sin poner un solo ladrillo, hacen que el valor de ese terreno se eleve considerablemente. Cuando su valor ha crecido a cifras inimaginables, se ponen en venta, constituyendo “oportunidades” de inversión que serán aprovechadas por algún emprendimiento inmobiliario privado para desarrollar algún proyecto que llene los bolsillos de unos pocos. Pero los sectores excluidos, los nuevos y los de siempre, siguen sin poder ni siquiera acercarse a la idea de tener una vivienda asentada en un terreno que le sean propios.
Leé la nota completa en el Nº 289 de nuestra revista Noticias UCC