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26/10/2016 - Columna de opinión
La Voz del Interior | Opinión Suplemento

¿Prat Gay o Sturzenegger? ¿Populismo u ortodoxia?


El Presidente va asumiendo la difícil tarea de administrar, pues en Argentina el populismo puede más que la prudencia y el orden monetario y fiscal. Por Daniel Gattas (*)


Hace un tiempo, el presidente Mauricio Macri salió a laudar sobre rumores de una acalorada interna entre su ministro Alfonso Prat Gay y el presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger.

Según fuentes, el titular de Economía cuestiona la ortodoxia monetaria que lleva a cabo el mandamás del Central, lo que a su juicio provocó la recesión de los últimos meses, acompañada por un aumento significativo en la tasa de desempleo. La preocupación de Prat Gay tiene que ver con que es él quien debe pagar el costo político, lo que le podría acarrear la pérdida del Ministerio.

Fiel a su estilo, Macri respaldó a ambos, sosteniendo que era bueno que el Gobierno tuviera matices. No deja de ser una posición interesante, más cuando venimos de un gobierno que no aceptaba disidencias.

De todos modos, el Presidente va asumiendo la difícil tarea de administrar, pues en Argentina el populismo puede más que la prudencia y el orden monetario y fiscal. Estos últimos, indispensables para atraer inversiones, son antipáticos para la ciudadanía e implican para el Gobierno la impopularidad de mejorar la recaudación tributaria, reducir el gasto público y aprender a decir “no” frente a las presiones.

La cultura de que “el Estado lo puede todo” nació en 1946, aunque a partir de allí se ratificó ese voluntarismo en la mayoría de las administraciones posteriores, donde reinaron políticas económicas seudo keynesianas, con el déficit público como gran estrella. El resultado está a la vista: procesos inflacionarios crónicos, pérdida de 13 ceros en nuestra moneda, subdesarrollo, aumento alarmante de la pobreza y distribución más regresiva del ingreso.

La politización de la economía terminó mercantilizando y desprestigiando a la propia política. Ello se vincula de modo directo con la polémica histórica en la cual también sigue enfrascado este Gobierno, ligada al grado de independencia del Banco Central.

No hay dudas de que la máxima autoridad monetaria tiene que trabajar en consonancia con la política económica. Pero de allí a tener una dependencia absoluta, hay un largo trecho y una interminable discusión.

Algo parecido sucedió en Latinoamérica. Salvo excepciones, las políticas keynesianas intencionalmente mal interpretadas sedujeron a los gobernantes de la región. Se entremezclaban el legítimo deseo de resolver las demandas sociales con la necesidad subalterna de eternizarse en el poder. Así, los incrementos exponenciales del gasto público terminaron desatando procesos inflacionarios crónicos, financiados primero con toma de deuda pública que hipotecaba el futuro, y luego con emisión espuria de dinero que depreciaba día a día el valor de las monedas locales.

Pautas culturales

Hay algunos debates económicos que guardan en su esencia un tinte ideológico y político que hace irreconciliables las distintas posiciones; pero hay otros que tienen que ver con pautas culturales que vamos recibiendo desde pequeños, aunque en dosis de adultos. El del rol del Banco Central es uno de ellos, y es indispensable sacarlo a la luz y ponerlo sobre la mesa de discusión para lograr puntos de encuentro y avances útiles para la sociedad. Es lo que llamaríamos una “política de Estado”.

Para ser honesto con nuestra historia, y tomando como uno de los núcleos principales la función del Banco Central, en los espasmódicos movimientos de la economía y la política argentina el péndulo siempre se ha movido de un extremo a otro.

En el corto plazo, se privatiza lo estatizado o se estatiza lo privatizado; se desregula lo regulado o se regula lo desregulado; se interviene en los mercados que funcionan con libertad o se liberan mercados intervenidos; se atrasa el tipo de cambio para volcar la oferta de bienes al mercado interno o se devalúa la moneda para favorecer las exportaciones y aumentar el ingreso de divisas.

En muchas oportunidades, se transitaron estos procesos con el respaldo de fanáticos y obsecuentes, lo que terminó generando una espiral de violencia verbal y física que tanta angustia nos ha causado.

En definitiva, nos movemos sin pausa pero con prisa de un Estado elefantiásico e inmanejable para sus creadores, con un Banco Central a su merced, a un Estado pequeño, con incapacidad para regular la actividad económica y mejorar la injusta distribución del ingreso.

Difícil para nuestro país encontrar puntos medios, donde se acuerden políticas prospectivas de mediano y largo plazo; difícil para el ciudadano común prever el futuro dejando a un lado cuestiones coyunturales; difícil evitar que las emociones de los argentinos se muevan de manera violenta de un extremo a otro, del optimismo al pesimismo y del pesimismo al optimismo; difícil repasar la historia para no repetir los mismos errores.

Las posibilidades de Argentina son enormes. Podemos soñar un país para todos, desarrollado e inclusivo. Pero es indispensable que la clase política cierre debates eternos y acuerde una agenda común en temas clave que den prioridad a la gente y no a los dirigentes.

* Docente UNC y UCC


Tipo de nota: Columna de opinión
Medio:
La Voz del Interior
Sección/Suplemento: Opinión Suplemento | Página: 12
Autor / Redactor: Daniel Gattás
Fecha de publicación: 26/10/2016
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