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20/05/2018 - Columna de opinión
La Voz del Interior | Opinión

“Bots”, “trolls”, “fakes” y su influencia en las elecciones


La política, que siempre busca atajos para intentar controlar la agenda pública, necesitó cambiar la forma de comunicarse.


Los medios digitales ejercen una influencia cada vez más significativa en la vida de las personas y, en consecuencia, en su actuación política.

Ya no es una novedad que desempeñaron un papel preponderante en las más recientes elecciones presidenciales de Estados Unidos, en la decisión por el No en Colombia, en el “Brexit” e, incluso, en las elecciones que llevaron a la presidencia a Mauricio Macri en la Argentina.

En nuestro país, la Encuesta Nacional de Consumos Culturales de 2017 afirma que el 80 por ciento de la población tiene acceso a internet, y el 64,4 por ciento de los argentinos tienen Facebook; le sigue Instagram, con un 27,3 por ciento, y Twitter, con el 13,2 por ciento de la población como usuaria. Eso nos muestra que la interacción de los argentinos con la web es importante.

Pero los escenarios en los que la política se produce, se desarrolla y se potencia ya no son los mismos a partir de febrero de 2007.

La política cambió para siempre. Fue en la campaña a la presidencia de Barack Obama donde la política empezó a prestarle atención al plano digital. Fue el momento cuando los entornos digitales se convirtieron en una herramienta de comunicación entre políticos y ciudadanos.

Las redes sociales comenzaron a utilizarse para “interactuar” con los potenciales votantes; se diseñaron sitios web para captar voluntarios; se buscó el apoyo de los influencers; se intentó conquistar a los líderes de opinión; se segmentó al electorado a su mínima expresión y, en consecuencia, se diseñaron publicidades dirigidas a cada uno de esos perfiles y se distribuyeron contenidos adecuados y pertinentes a cada uno de ellos.

Los recursos, que antaño se utilizaban en publicidades en medios tradicionales, cartelería o folletos, viraron gradualmente a los entornos digitales, donde se colgaron encuestas en línea y se activaron las mediciones de rendimiento publicitario.

En las elecciones legislativas de Estados Unidos de 2014, la inversión publicitaria en medios digitales había crecido un 1.825 por ciento con relación con 2010.

Así las cosas, la política, que siempre busca atajos para intentar controlar la agenda pública, necesitó cambiar la forma de comunicarse.

¿Por qué? Porque hoy son las audiencias las que controlan lo que consumen, y sólo lo hacen con contenidos que les resultan interesantes.

Entonces, los procesos de formación de la opinión pública cambiaron y se trasladaron de las tapas de los diarios a los canales digitales.

Este panorama abonó el terreno para la aparición de decenas de empresas especializadas que ofrecen a políticos e instituciones la posibilidad de manipular la opinión pública on line mediante el uso de trollsbots, difusión masiva de noticias falsas o fake news y otras armas digitales, cuyas funciones básicas son intervenir en las discusiones en redes sociales para intentar llevarlas hacia puntos favorables.

Pero, claramente, esta nueva realidad comunicacional no funciona de esa manera. “Estar” en las redes y publicar con cierta regularidad no es suficiente.

La clave es mucho más compleja y tiene una piedra fundamental que es la razón inicial de las redes sociales: la interacción.

Por lo pronto, la pericia en el manejo de estas nuevas herramientas no siempre se traduce en una nueva forma de gestionar la política; a su vez, la tentación de caer en viejas prácticas parece ser muy grande.

Y si de tentaciones hablamos, citemos sólo el ejemplo de la investigación que lleva adelante el fiscal especial de Estados Unidos Robert Mueller, que estudia la injerencia rusa en las elecciones de 2016 a favor de Donald Trump; o la cuestionable extracción de datos de Cambridge Analytica de los perfiles de Facebook.

Como siempre, las teorías conspirativas insisten en que es posible “insertar” en los votantes ciertos mensajes que los lleven a votar en una dirección o que pueden impedir que voten en la otra.

Lo cierto es que, desde que Walter Lippmann comenzó a estudiar a la opinión pública como tal, se han intentado todo tipo de recursos para manipularla.

Pero sólo puede afirmarse hasta ahora que produce dos efectos: uno disruptivo, es decir, romper con ciertos conceptos ya instalados en grupos inclinados a posturas sesgadas; y otro de consolidación de las opiniones preexistentes.

Lo único novedoso es que, en lugar de recibir mensajes, noticias u opiniones de los medios tradicionales, que ostentaban cierto grado de autoridad intelectual, hoy esos mensajes vienen de personajes virtuales devenidos en personas reales que, aunque parezca extraño, van configurando poco a poco nuestro círculo de confianza de pares e iguales.

Es bien sabido que la confianza es consecuencia de una interrelación humana honesta, ni más ni menos.

Por ello, de poco sirven las herramientas digitales si la política perpetúa la crisis de reputación en la que se encuentra inmersa. En definitiva, es la reputación la que genera credibilidad y confianza; y es aquí donde la política encuentra su mayor desafío.

* Licenciada en Ciencia Política por la UCC


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Tipo de nota: Columna de opinión
Medio:
La Voz del Interior
Sección/Suplemento: Opinión | Página: 16
Autor / Redactor: Ana Zubán
Fecha de publicación: 20/05/2018
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