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Quién enseña y quién aprende: 20 años de La Luciérnaga


Publicado el 22/06/2015 en Editorial

¿Cuántas veces nos hemos escandalizado por el sufrimiento, la marginalidad y el abandono social? ¿Cuántas veces, con un gesto de sensibilidad moral ofendida, hemos dicho o pensado que “alguien debería hacer algo” frente a tanta injusticia? Lo cierto es que a menudo nos conformamos con el pensamiento indignado, o en una llamada a algún medio de comunicación, o finalmente a alguna participación en redes sociales, para quedar luego con una sensación de satisfacción con nosotros mismos. Pero esas acciones suelen dejar el mundo igual que antes. Frente a esta situación tan habitual, nos regocija, sorprende y desafía la celebración de 20 años de La Luciérnaga, que también nos impone pensar sobre las condiciones y el contexto de esta celebración.

La Luciérnaga pudo romper varios prejuicios desde un punto de partida positivo. Su posición es que el trabajo dignifica, permite crecer, cobrar conciencia del propio valor y asumir responsabilidades. Pero esta posibilidad – llamémosle “a nivel personal” para simplificar – se ve proyectada a la comunidad entera, en tanto recuerda a la sociedad que no es el mero trabajo lo que dignifica, sino las condiciones en que el mismo se realiza. La Luciérnaga nos enseña que ese doble reconocimiento, de la dignidad que provee el trabajo y de las necesarias condiciones para que esa dignidad sea tal, es un punto de partida imprescindible para cualquier política social emancipatoria. También nos enseña que no es una responsabilidad acotada a unos pocos (los dirigentes de la Fundación, los y las canillitas, etc.), sino que, como todo bien público, la dignidad y el trabajo son responsabilidad de todos los miembros de las sociedad. Quizás ese fue el motivo por el cual, en un gesto que aún se recuerda, los rectores de las universidades cordobesas se convirtieron hace algunos años en canillitas por un día, expresando así todo lo que ellos mismos debían aprender de los y las luciérnagos.

Uno de los mejores criterios para juzgar nuestro desarrollo sociopolítico son los mecanismos por los que optamos ante quienes quedaron marginados de los bienes comunes. “Empleos, no cárceles” es el lema que adoptó un jesuita norteamericano, Greg Boyle, para una fundación que trabaja con el objetivo de alejar a los jóvenes de las pandillas y ofrecerles otro modo de organización asociada al trabajo. Una propuesta, claramente superadora a una propuesta represiva.

Desde la Universidad Católica de Córdoba, también hicimos lo propio a la hora de apoyar a La Luciérnaga. ¿Cómo hacerlo desde nuestro lugar? ¿Con qué formas y desde qué lugar? Y la respuesta la creamos entre las dos instituciones, con proyectos de capacitación laboral, salud y educación para los jóvenes.   

Seguramente existen algunas reservas hacia La Luciérnaga. Por derechas, se les cuestionará si ha incidido realmente en el cambio de vida de sus miembros. Por izquierdas, se les reprochará que solo mantiene el statu quo social sin lograr una transformación radical. Pero lo cierto es que ambas críticas, esencialmente conservadoras, desconocen que la vida de personas y familias concretas que han podido acceder a la conciencia de su valor y dignidad gracias a este colectivo de trabajo. Esa es quizás la más valiosa lección y el más duro desafío que nos imponen estos 20 años de La Luciérnaga. Es posible que no sea una luz demasiado grande ni poderosa. Pero es una luz que nos obliga a pensar en concreto cuál puede ser la que nos toca encender a cada uno/cada una de nosotros/as.

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