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El medio vaso lleno del Papa

El medio vaso lleno del Papa

Publicado el 05/10/2015 en Especial Papa Francisco

Por Juan Carlos Stauber
Titular de Antropología Filosófica
Prof. de Historia de la Cultura
Facultad de Filosofía y Humanidades

No podemos separar las frases, gestos y actos del Papa del contexto en el que elige realizarlas. Hay gente que se especializa en descontextualizar y generalizar ideológicamente cualquier frase, como si fueran dichas para cualquiera en cualquier tiempo. No es igual la problemática de la Iglesia que está en EE.UU que la que está en India. A los de la India les resulta repugnante la idea del sacerdocio femenino, en cambio a los estadounidenses no, pero les preocupa más el tema del celibato. Tampoco son iguales los marcos culturales. No es lo mismo revalorizar el símbolo sapiencial de los cerros en Bolivia que en Italia, ni da igual afirmar el protagonismo de los pobres ante la Asamblea de la ONU que ante las mismas organizaciones sociales de base. Por lo tanto, cada gesto del Papa responde a preocupaciones particulares que son dirigidas a un público particular. Y eso hay que valorarlo como tal: se presentó como hijo de inmigrantes y pidió por la tolerancia y la paz en los EE.UU, habló del sueño de los jóvenes y de superar el conventillo de las ideologías en Cuba.

Obviamente que hay líneas generales de su pontificado, marcando una impronta particular: la preocupación por el medio ambiente; la prioridad de los pobres y su protagonismo desde organizaciones sociales; la insistencia por la paz en la justicia y la tolerancia por la diversidad; el rol transformador de la militancia cristiana, sobre todo de los jóvenes; y la preponderancia de los procesos históricos más que de los lugares estratégicos a ocupar. Esto le ha dado una legitimidad que aún no sabemos hasta dónde podrá sostenerlo, sobre todo cuando comience a efectivizar algunos cambios al interno de la Iglesia, que parecen avizorarse esperanzadamente. Pero lo cierto es que le ha dado al Papa una trascendencia inesperada en fuera del campo religioso, tanto para los que celebran con ilusión el medio vaso lleno, como de aquellos que reclaman con desesperanza por el medio vaso vacío. Nadie puede negar que el medio vaso está. Y la valoración de tales logros no puede hacerse por la contundencia de un gesto o discurso, sino por los procesos que ellos habilitan en un determinado ambiente, lo que consiguen consagrar o lo que silencian. Porque en personalidades tan relevantes, las palabras hacen cosas o las autorizan. Allí está la clave de su validez.

Es destacable el mensaje papal en relación al cambio de matriz cultural que propugna. Al presentarse como hijo de inmigrantes ante el Congreso estadounidense y afirmar que "en el afán de querer liberarnos del enemigo exterior podemos caer en la tentación de ir alimentando el enemigo interior. Copiar el odio y la violencia del tirano y del asesino es la mejor manera de ocupar su lugar" estaba confrontando a una de las sociedades que más alientan la violencia como cultura. Pensemos que en sólo pocos días después un joven estudiante mató a sus propios compañeros universitarios tras ir preguntándoles a qué religión pertenecían. Un grado de demencia tal sólo puede crecer en una cultura del fanatismo, la exclusión y la muerte. Algo similar podríamos decir en relación a la pena de muerte y el inalienable valor de la dignidad humana acentuado por el Papa en ese discurso: implican verdaderos cambios de paradigma cultural, y no solo correctivos a una política social. Podríamos preguntarnos si nos encontramos ante el primer Papa en cuestionar al capitalismo con la misma fuerza que otros pontífices cuestionaron al comunismo.

En la misma línea, destacamos el apoyo del Papa en relación a los procesos populares del continente. Como el agradecimiento del Papa al gobierno Cubano por su esfuerzo en el proceso de Paz en Colombia. En el ángelus rezado en la isla caribeña el Papa exhortó a no fracasar en dicho empeño por la paz en el continente. Pero de la misma manera señaló ante los congresistas de Washington que “un buen líder político es quien, con los intereses colectivos en mente, asume su momento con espíritu de apertura y pragmatismo. Un buen líder político siempre opta por iniciar procesos, en lugar de poseer espacios…”. Y ello va en línea con la afirmación del rol tanto de las organizaciones sociales, como del protagonismo de los jóvenes, la centralidad de la familia y el servicio que la Iglesia debe brindar en la tarea de generar un mundo más sustentable, justo y pacífico. Esto es, desde la mirada larga de la marcha histórica de nuestros pueblos podemos medir el éxito o fracaso de ciertos gestos. Así vemos el rol asumido por el pontífice en las relaciones entre Cuba y EE.UU. que seguramente obedecen a una complejidad mayor, pero es innegable que el espaldarazo vaticano llevan aliento a quienes más han sufrido el bloqueo: los cubanos. Algo semejante ocurrió en relación a los procesos  sociales de Ecuador, Bolivia y Paraguay, en su reciente visita.

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