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El paisaje coartado

Publicado el 12/05/2020 en Noticias UCC

Como en "El amor en los tiempos del cólera" de Gabriel García Márquez —la primera novela que llegó de adolescente a mi lectura—, aquí estamos, con el paisaje en los tiempos del coronavirus. Cuenta la historia —apresurada por cierto—, que un día una puerta se abrió y en consecuencia muchas otras se cerraron. Esta es la historia de un virus, una molécula genética acelular y microscópica, supuestamente creada de modo artificial o al menos parcialmente mutada; tan pequeña y poderosa que cambió al mundo y, en consecuencia, la percepción directa del paisaje se ha restringido, recortado y fragmentado. El paisaje está coartado.

La RAE define este término como: "Dicho de un esclavo: Que pactaba su rescate con su dueño" y el verbo coartar se refiere a limitar, restringir o interrumpir la concesión total o parcial de algo. Estas definiciones se pueden trasladar al paisaje, en esta contingencia sanitaria. Porque definitivamente, nuestra libre determinación o voluntad y nuestro libre albedrío se ven interrumpidos. Lo mismo sucede con la jurisdicción de nuestro hábitat, con el término o límite que adquiere la espacialidad con el confinamiento. Porque en la dimensión física pasamos a vivir restringidos a nuestras casas, a unos metros cuadrados. Claro que la tecnología virtual abre fracciones de metros en pixeles, con alta o baja resolución, para quienes tienen acceso.

Los espacios públicos están vacíos y, como nunca, hoy perdieron su sentido, y pasan a privar su habitación en contacto social. Los espacios privados se han resignificado, se los reconoce de otra manera y se los valora más que nunca. El transcurrir de los días en confinamiento doméstico exacerba la relación de las personas con su entorno, tanto el inmediato y visible como el que ya dejamos de ver, porque la vida intramuros lo oculta. Los muros actúan como filtros del exterior, coartan la mirada, y las ventanas se transforman en pantallas del paisaje de extramuros. A la salida del verano y al avance del otoño los estamos percibiendo por las ventanas, como verdaderas pantallas analógicas. Está claro que estoy hablando en términos generales y desde mi experiencia personal, junto a mi familia. Soy absolutamente consciente de que hay otras realidades y condiciones muy variadas, algunas tan duras que ni cuentan con techos, muros o ventanas. Y todo este discurso se desploma de inmediato. 

Resulta obvio que la cuestión de fondo no está a nuestro alcance. Multiplicar la visibilización del problema es una acción concreta y como profesionales abocados al paisaje, en este sentido y en este momento, tenemos responsabilidad doble y fundamentada. Así como los profesionales de la microbiología o la medicina están haciendo lo suyo, nosotros podemos hacer lo nuestro. En referencia a ello, podemos aprender de la estrategia de nuestro actual enemigo. Los virus no actúan solos, porque la unidad microscópica aislada no enferma a nadie. Los virus actúan en cantidad, y así producen efecto, por eso tienen una alta capacidad multiplicadora. Entonces, apliquemos esa simple estrategia, amplifiquemos nuestros afectos y por tanto los efectos. Contamos con complicidades, redes, alianzas, convenios, y ese es un capital muy valioso. 

De este modo de actuar ya tenemos experiencias recientes y demostramos que con nuestros lazos nos podemos organizar rápidamente. Lo hicimos en 2019 con la campaña por Amazonia, y en solo tres días coordinamos con 28 organizaciones abocadas al paisaje para dar un mensaje desde Latinoamérica al mundo. Hoy lo hacemos nuevamente. Desde la Iniciativa Latinoamericana del Paisaje (LALI) y el Instituto del Paisaje de la Universidad Católica de Córdoba con la convocatoria "El paisaje a través de mi ventana" para seleccionar las 50 mejores propuestas, con las que editaremos un libro de reflexión. Ya se han sumado 26 organizaciones de distintos países de Latinoamérica y también de Estados Unidos, España, Portugal, Italia, Francia y China. 

Como la estrategia virósica, por más pequeña que sea nuestra acción, tanto como la dimensión de un virus, su implicancia puede ser potente, gigante y global. Porque si actuamos juntos podremos cambiar, a largo plazo, la noción y la conciencia sobre el paisaje de nuestras comunidades y también entusiasmar a más jóvenes para formarse profesionalmente en torno al paisaje.

Esta pandemia nos ha asustado, paralizado, shockeado, pero al mismo tiempo nos tiene que movilizar, impulsar y activar a producir nuevos pensamientos y acciones, y desde otra perspectiva. Si al superar la cuarentena no cambian los modos de vida, será que no aprendimos nada. Si no cambian las actitudes y valores que nos permitan a los profesionales del paisaje y de todos los campos de conocimiento, proponer soluciones con responsabilidad social y medioambiental, será que no aprendimos nada. Y si al superar la cuarentena la implicancia del coronavirus se toma como un simple resfrió pasajero, será entonces tiempo de reconocer que no aprendimos nada. Y nuestro final, podrá ser tan inesperado y ridículo como el de Juvenal Urbino, el personaje de la novela de Gabriel García Márquez, que abandona a su esposa y su lucha contra el cólera al caer de una escalera, y eso fue por intentar atrapar a un pájaro que tenía enjaulado, igual que nuestro paisaje coartado.


Por Lucas Períes. Director del Instituto del Paisaje de nuestra Facultad de Arquitectura.

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