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Nostalgias imperiales

Publicado el 25/03/2022 en Noticias UCC

Rusia y Ucrania comparten una historia común, pero sus sociedades han ido adquiriendo sus propias particularidades culturales y un sentido de nación no compartido. La población de origen ruso en Ucrania son fruto de una estrategia que comenzó con la Rusia zarista y se extendió hasta la Unión Soviética, por la cual se enviaba población rusa hacia las diversas regiones bajo su dominio para profundizar la influencia rusa, llevando a cabo una política de rusificación.

Un poco de historia

El nacionalismo ucraniano fue ahogado por el dominio soviético pero una vez que la URSS cayó, recobró su vitalidad y el país se independizó de Moscú en 1991, aunque las interferencias rusas sobre la vida política y económica de Ucrania nunca cesaron, hasta el presente.

El Rus de Kiev fue el centro político y civilizatorio desde donde se estructuraron estas dos naciones. Podríamos emplear aquí la expresión un pueblo, tres naciones, si incluimos además de Rusia y Ucrania, a Bielorrusia.

Las elites rusas, hoy lideradas por el Presidente Putin, mantuvieron viva la tradición de considerar a Kiev como parte del mito fundante de su nacionalidad y es la parte emocional de las justificaciones empleadas para emprender esta invasión. También hay que aclarar que en el caso de Rusia, la etnia rusa juega un rol preponderante pero la Federación es multiétnica y multicultural, fruto de su devenir histórico, lo cual es a su vez su fortaleza y su debilidad y podría eclosionar al igual que lo hizo la Unión Soviética, debido a sus conflictos internos, principalmente en la región del Cáucaso.

Estrategia de Rusia

Las justificaciones estratégicas están relacionadas con la perspectiva de seguridad rusa que entiende que el avance de la OTAN hacia el Este, incorporando a la mayoría de los países que antes estaban bajo la órbita soviética es una amenaza a su seguridad, ya que en términos geopolíticos, Rusia considera esas regiones como parte de su espacio vital. En dicho contexto, Bielorrusia y Ucrania son consideradas de vital importancia para la seguridad de Rusia.

Bielorrusia hoy se ha subordinado a Moscú, pero Ucrania ha mantenido incólume su deseo de ser parte de la Unión Europea y de la OTAN, lo cual obstaculiza las pretensiones rusas de controlar el país, estableciendo un régimen pro ruso, lo cual parece ser el objetivo principal del actual conflicto, por ello la insistencia de las fuerzas rusas en eliminar al actual presidente ucraniano Zelensky.

A diferencia de las justificaciones esbozadas por Moscú, esta invasión confirmó los motivos que dichos países arguyeron para unirse a la Alianza Atlántica y era justamente el temor a que el Kremlin volviera a intentar restablecer los lazos que los unían primero en la Rusia zarista y luego en la era soviética.

Tres hitos presagiaron el actual conflicto: la caída del Presidente ucraniano pro ruso Víctor Yanukóvich, en 2013 tras las protestas masivas por haber suspendido la firma de un acuerdo de asociación con la Unión Europea, prevista el 29 de noviembre de ese mismo año; la incorporación de Crimea a Rusia en 2014 -luego de un referéndum cuestionado- y el posterior apoyo a las reivindicaciones independentistas de las poblaciones de etnia rusa en Donetsk y Lugansk.

La comunidad internacional sólo se limitó a imponer sanciones, pero no modificó la situación y los rusos continuaron la escalada, la cual hasta los acontecimientos actuales fue casi ignorada.

La nostalgia de Putin

El presidente Vladimir Putin parece sentir nostalgia por el pasado tanto zarista como soviético, añorando el estatus de superpotencia para su país. Se considera a sí mismo como el salvador de Rusia y de la catástrofe geopolítica que él entendió fue para Moscú la caída de la URSS en 1991.

Putin ha intentado con su liderazgo restaurar esa gloria, pero lejos está de convertirse nuevamente en una superpotencia, ya que, a pesar de su inmenso poder militar, incluyendo su arsenal nuclear, y poseer cuantiosos recursos naturales como gas y petróleo, que le ha permitido establecer cierta relación de poder respecto de sus vecinos de Europa, sus aspiraciones se han visto limitadas al menos por tres cuestiones: 1) a pesar de un cierto declive, los Estados Unidos junto con sus aliados de la OTAN, conserva su supremacía militar; 2) el surgimiento de China y su rol preponderante en la economía mundial, que se ha traducido en un incipiente y creciente poder militar, y 3), una dependencia en materia de tecnologías estratégicas para el mundo actual que la condiciona sobremanera.

La amenaza nuclear es el motivo real por el cual otras potencias no se inmiscuyen militarmente en el conflicto, lo que algunos analistas advierten que de suceder, podría desencadenar en una Tercera Guerra Mundial. También hay que recordar que en Ucrania hay 15 reactores nucleares que pueden ser blanco de los ataques indiscriminados rusos, un dato que no puede soslayarse.

Moscú está aislado, con escaso margen de negociación, solo cuenta con el apoyo de potencias marginales (Venezuela, Cuba, Siria, etc.) donde China juega un papel expectante y la India se muestra más neutral, pero que ha logrado unificar a gran parte del mundo en su rechazo a la invasión.

Se presagia que Rusia, a pesar de los problemas logísticos que ha mostrado en la operación, a nuestro juicio ganará la guerra pero perderá la paz, porque además de las sanciones y su impacto, le costará mucho volver a insertarse en la comunidad internacional debido a su accionar.

Impactos de la guerra

Las sanciones, especialmente económicas, financieras y comerciales comienzan a sentirse en Rusia. El problema es que cada vez que se aplican estas medidas, aíslan a un régimen, y el efecto primario resultante es el inverso al esperado, ya que, lejos de conseguir que el Estado agresor abandone o morigere sus acciones bélicas, su conducta se radicaliza, algo que parece estar sucediendo en el caso de Rusia.

El conflicto ha afectado la paz y la seguridad internacional, desatando una guerra innecesaria que está generando una catástrofe humanitaria, con el mayor número de refugiados y desplazados desde la Segunda Guerra Mundial.

Además de la vocación ilimitada de poder representada por Rusia en la persona de su líder Vladimir Putin, desde el punto de vista ruso, el conflicto representa en la actualidad un enfrentamiento entre la sociedad occidental y sus valores y la civilización rusa, en la cual, interpretada por Putin, no hay espacio para la libertad política, ni de prensa, tampoco para el respeto a la diversidades sexuales, entre otros aspectos.

Rusia ganará la guerra pero perderá la paz.

Es un conflicto abierto, que en palabras del presidente francés Macron, lo peor está aún por llegar. El sistema internacional no puede estar sujeto a las acciones unilaterales de un Estado, con capacidades nucleares, que decide emprender una acción como la presente, no solo vulnerando la soberanía de un país vecino sino poniendo en peligro la paz y la seguridad internacional.

Si la comunidad internacional no reacciona y pone límites al accionar ruso, podría enviar un mensaje peligroso al mundo, donde otras potencias podrían emprender aventuras militares similares, por ejemplo China respecto de Taiwán y el caos se apoderaría de la comunidad internacional.

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Por el Mag. Emilio Alejandro Rufail. Profesor Titular de Seguridad Internacional de la Universidad Católica de Córdoba. Profesor de Seguridad y Política Internacional de la Universidad Abierta Interamericana.

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