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Testigo del holocausto

Publicado el 29/06/2016 en Noticias UCC

Edgar Wildfeuer tiene 92 años. Es polaco y judío. Es el único sobreviviente del holocausto en Córdoba y uno de los pocos que vive en nuestro país. Hace unas semanas estuvo en la UCC, invitado por el Centro de Estudiantes y la Agrupación Demos de nuestra Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales y por la Asociación de Estudiantes de Derecho, de nuestra Facultad de Derecho y Ciencias Sociales.

Tuvimos la oportunidad de hacerle unas preguntas que respondió muy amablemente junto a su esposa, con quien va a todos lados. Esta es su historia.

Un antes lejano y un largo después

Mi vida antes de la segunda guerra mundial era como la de cualquier joven, aunque distinto a lo de ahora porque no existían todos los adelantos modernos, pero similar a la vida de un joven hoy. Alegre, con amigos, vida de estudiante. Único hijo. Con muchos primos.

Mi vida cambió el 1 de septiembre de 1939, cuando Alemania invadió Polonia. Se puede decir que a partir de esa fecha existe un antes muy, muy lejano y un después muy, muy largo.

Al estallar la Segunda Guerra Mundial perdimos todo y nos convertimos en refugiados, pero en 1941 estalló el terror. Nos mandaron a un gueto en donde pasábamos hambre y mucha inseguridad, del cual logramos escapar. Al año siguiente mataron a mis padres y al resto de mi familia. Quedé solo a los 17 años. Trabajé en distintos campos de trabajo forzado en donde se llegaba a trabajar hasta 16 horas y en pésimas condiciones. También estuve en Auschwitz. Sobreviví a dos marchas de la muerte, en pleno invierno polaco con hasta 20 grados bajo cero, a dietas de 125 gramos de pan y a sopas de agua con cáscaras de papa. También sobreviví a varias oportunidades de ser fusilado, una vez porque no salió la bala y otra porque yo era el encargado de llevar el almuerzo a un capataz. Creo que no morí, simplemente, porque tuve suerte.

Posiblemente lo que me posibilitó soportar todo eso fue mi juventud y el deseo de vivir, que no tiene nada que ver con la suerte que tuve de sobrevivir, es distinto. Hubo muchas ocasiones que si las cosas se hubieran desarrollado de otra manera, seguramente no estaría hoy aquí. La suerte me permitió vivir, de hecho si la guerra hubiera durado una semana más es probable que yo hubiese muerto.

De ese entonces no puedo decir qué cosa en particular recuerdo más porque una cosa fue peor que la otra, pero vivo contantemente con esos recuerdos. De alguna manera, con cualquier comentario o después de leer o ver una noticia algún recuerdo me viene a la memoria. Hay momentos neutros, otros buenos y otros muy malos, diría hasta horribles, otros que directamente quiero olvidarme.

Auschwitz

Cuando llegué a Auschwitz me tatuaron en el brazo. En este campo se tatuaba a los que quedaban. Aquellos que no eran tatuados era porque iban directamente a la cámara de gas. Es lo que se llamaba la selección. Primero se separaba a hombres de mujeres. Los más chicos, ancianos, enfermos y embarazadas iban directamente a  las cámaras, en este grupo también entraban aquellos cuya cara no gustaba al que estaba seleccionando en ese momento.

El tatuaje, que establecía cuándo habíamos ingresado, era la identificación. No había nombre ni apellido, éramos llamados por números. El mío era 174.189, lo tengo tatuado en mi brazo.

Durante los primeros años nadie se daba cuenta a dónde los llevaban, recién a fines del 42 la gente comenzó a sospechar. Apenas comenzaron los traslados decían que los llevaban a trabajar en territorio ocupado por Rusia pero al pasar el tiempo y no obtener noticias, comenzaban a darse cuenta de que algo no estaba bien. En el gueto de Varsovia, por ejemplo, había una estación en donde se cargaba a la gente que se llevaba a Berlín. Les decían que los llevaban a Rusia y la situación en el gueto era tan mala que la gente se presentaba voluntariamente, sobre todo porque le daban comida. Pero quienes trabajaban en la estación comenzaron a darse cuenta que los números de los vagones que iban y volvían eran los mismos, por lo que era imposible que fueran hasta Rusia y volvieran en tan poco tiempo.

En los campos la gente se enteraba a través de los nuevos reclusos que traían noticias. Recuerdo un día en Auschwitz, cuando trabajando en los túneles que se cavaban para guardar la industria ante los bombardeos de los aliados, un oficial hizo sus necesidades y se limpió con un diario. Con un palo lo levantamos y así pudimos enterarnos de que los rusos ya estaban cerca, a 70 km. En ese momento fuimos conscientes de que Alemania ya perdía la guerra pero no sabíamos si íbamos a poder sobrevivir, porque en esos momentos era cuando más gente moría.

Me liberaron justo el día de mi cumpleaños número 21. Estaba casi desnudo y pesaba 40 kilos.

Volver a empezar

Después de la liberación, me trasladé a Italia. Estuve en varios campos de refugiados. Con ayuda pude reiniciar mis estudios interrumpidos, rendir el bachillerato y comenzar ingeniería en la Universidad de Bari. En ese país conocí a una linda chica, también sobreviviente. Ella se salvó, también de casualidad. Hoy es mi esposa. Parte de su familia sobrevivió y como su padre tenía una hermana viviendo en Córdoba se vinieron a este país. Cuando tomaron el barco desde Roma pensé que nunca más la volvería a ver pero cuando llegó a Argentina comenzó a escribirme hasta que en una carta me preguntó si quería venir. Así fue como en 1949 comencé mi nueva vida en este país. Al principio estuve de manera ilegal pero de apoco pude conseguir la ciudadanía argentina y comencé desde cero mis estudios. Me recibí de ingeniero, trabajé, me casé y formé una hermosa familia con tres hijos y siete nietos.

Recordar para no repetir la historia

Cuando finalizó la guerra pensábamos que esto no ocurriría jamás pero siguen ocurriendo barbaridades, en mayor o menos medida. Hace poco vi una foto en facebook que me dio mucha impresión. Un yihadista que mata a su propia madre, arrodillada con los ojos vendados, porque le pedía que dejara las armas y que se fuera del país. Cuando uno ve algo así se da cuenta de que no hay límites de fanastismos y maldad humana.

Desde hace mucho que se sabe que soy sobreviviente. He tenido oportunidades ocasionales de hablar pero fue a partir de la publicación de mi primer libro, en 1994, que comencé con estas charlas.

Uno habla para que las cosas se sepan y para que no se repitan. Uno hace lo que puede hacer. Uno siente un poco la obligación moral de hacerlo ya que he quedado solo yo de mi familia, también por los compañeros de este infortunio que no sobrevivieron, que clamaban que si alguien sobrevivía que saliera a contar lo que pasó. Más aún teniendo en cuenta que hay gente que niega el holocausto.

Tengo dos clases de mensaje. Uno se refiere a la tolerancia. Debemos entender que no todos somos iguales, no existe esa igualdad que pretende un estado totalitario, que todos piensen igual. Existen diferencias y hay que tolerar al distinto para que no exista el odio, la xenofobia, el racismo.

El otro mensaje tiene que ver con la resiliencia. Yo salí del campo desnudo, la ropa que tenía había que quemarla y pude llegar a algo. Eso no fue un regalo, porque para llegar a algo hace falta mucho esfuerzo, mucha voluntad. Pude hacer lo que siempre quise que era recibirme de ingeniero. Mi padre y tíos fueron ingenieros. Yo hice lo imposible y lo logré.

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