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Una lucha de autonomías

Publicado el 12/06/2018 en Actualidad

La presión social para tratar la ley sobre despenalización del aborto no es nueva en el mundo. Fundamentos para dar curso a la ley se han expuesto en diferentes ámbitos, lo mismo que para que dicha ley sea rechazada. Razones existen desde ambas posiciones.

Desde una perspectiva biológica/genética la formación del zigoto y su progresión ha generado y genera dilemas irresolutos. Inicio de la vida, pre embrión, embrión, feto, aparición del ser humano, de la persona encienden el debate y dan pie, la mayoría de las veces a posiciones irreconciliables.

Posiciones

Desde una perspectiva Bioética principialista, el eje principal se concentra en la autonomía del embrión-feto (su vida) por un lado versus la autonomía de la mujer (su vida) por el otro.

La consideración del inicio de la vida humana desde la concepción es uno de los argumentos de mayor peso de los que no acuerdan con la ley (próvida) y se agrega, como elemento secundario, la madre. Lo inverso sucede con los grupos prochoice (pro derecho a elegir), a favor de la ley, donde la mujer tiene decisión absoluta y el embrión-feto es un elemento secundario.

Independientemente de cuáles son los grupos sociales que defienden una u otra postura, la pregunta que nos hacemos es porqué se ha llegado a posiciones tan distantes. ¿Qué ha pasado en las sociedades del mundo donde la discusión es argumentalmente parecida?

La ausencia del padre

Podremos invocar a la globalización, a políticas neoliberales, al espacio que intenta tener la mujer en la sociedad, etc. Lo cierto es que existe una pérdida, muchas veces, una ausencia total de la comunidad. Y dentro de esta comunidad, una ausencia, frecuente, del padre.

Sociedad patriarcal y comunidad que se entrecruzan. Más que sociedad patriarcal, a decir de Luigi Zoja, sociedad machista. El padre no participa de la toma de decisiones en un acto generador de vida que es de a dos.

Sin duda, que son muy diversas las circunstancias que determinaron la aparición de esa nueva vida, muchas veces con total inconciencia de las consecuencias. Padre ausente y/o familias ausentes.

Padres adolescentes con familias que inducen al aborto de la mujer adolescente. Una de las excusas es el proyecto de vida que se aborta. La reputación de la familia otra. Razones del mundo con necesidades básicas satisfechas.

Y están las razones del mundo de la miseria, de las carencias afectivas, educativas, espacio social en el cual la necesidad está antes que el deseo.

El hombre que participó en el inicio de una vida, se retira de la escena. Figura ausente. Al generar un vacío queda una trinidad incompleta.

Las causas son variadas por las que el hombre no se hace cargo. De esta forma, se rompe ese primer lazo comunitario.

Esta primera comunidad o comunidad primaria quebrada, pierde el don paterno.

La maternidad no es un proceso biológico aislado. La maternidad es, fundamentalmente, un deseo, un estado del cuerpo y el espíritu, concretado inicialmente de a dos (padre-madre). El inicio de la vida de un tercero (hijo) comienza con el amor, el cariño y el respeto de un hombre y una mujer (comunidad primera). Cualquier circunstancia que determine el inicio de vida del tercero fuera de la esfera de la comunidad (droga, alcohol, incesto, violación, irresponsabilidad, carencias, miseria, etcétera) provoca una disrupción en la esfera afectiva y biológica de la mujer.

Y no siempre se produce el vínculo entre la madre y su embrión-feto imprescindible para desear, querer, “sentir” que lo que posee en su interior es el hijo de la comunidad primaria.

Lucha de autonomías

El daño psicológico comienza en la circunstancia en que se produjo el embarazo. La mujer y su circunstancia. Se inicia la era de la autonomía de la mujer.

El aborto como fenómeno social globalizado ha penetrado dentro de la dinámica de las políticas neoliberales. Todos somos autónomos.

El hombre y su derecho a abandonar. La mujer y su derecho a decidir. El embrión-feto y su derecho a nacer.

Cada uno (por separado) peleando a capa y espada. Y es de esperar, totalmente previsible, que la mayoría de los países hayan buscado la respuesta a la lucha de autonomías con una ley. Y que la hayan aprobado. O no. Defendiendo, en definitiva, las autonomías, de la vida, de los proyectos de vida, de las potencialidades.

Mas allá de la ley, deberíamos intentar modificar la educación en valores, en valores compartidos. No en valores personales.

Enseñar una ética de la alteridad, donde el Otro es más importante que uno. De otro modo que Ser.

La enseñanza implícita o explícita de la actualidad es la del consumo, la del tener, primero yo. Es la ética de la egología. El proceso educativo (en la familia primero y luego en la escuela) debería tener como eje central el desarrollo de los lazos hacia el próximo, con el otro. Y que tenemos, desde el origen, una responsabilidad con ese otro. El otro que nos dignifica, que nos hace ser. Que nos constituye. El otro al que deberíamos cuidar.

Y cuando el otro es esencial, me hago responsable, lo cuido, aparece la comunidad. El don de la comunidad. El mejor aporte que podríamos hacer como sociedad es reconstituir la comunidad primera.

La maternidad herida espera que la comunidad le brinde una mano. Pero, ¿Cómo resolver, cómo aliviar esta herida?

Cuestión de valores

Al valor de la vida humana y no humana lo da la comunidad a la que pertenecemos. Este valor pasa a ser un bien cultural, que se enseña y transmite en la familia y luego en la escuela.

Si lo que subyace con el aborto es una cuestión de valores, de la importancia que se da a la vida, nos deberíamos preguntar porqué la mayoría de los países han aprobado la despenalización del aborto.

Por otro lado, que la ley no se apruebe no significa que el aborto no se lleve a cabo.

A pesar de los grandes avances tecnológicos en la medicina fetal (se habla del feto como paciente), del desarrollo increíble de la visión ecografía del embrión-feto, de los avances en el conocimiento del genoma, en los métodos de fertilización, la tasa de abortos no ha disminuido.

No existen dudas que se inicia una nueva vida cuando se unen ambos gametos (masculino-femenino). Entonces, uno se pregunta porqué la mujer en determinadas situaciones decide no continuar con el desarrollo de esa vida.

 ¿Cuál es el vínculo que no se generó entre ella y esa nueva vida? 

A pesar que las circunstancias pueden ser muy diferentes, la mayoría de los embarazos no queridos se producen, o porque fallan los mecanismos anticonceptivos, y/o no existe una pareja o familia vinculante. De esta manera, se desdibuja la figura del embrión-feto, o tal figura nunca apareció o nunca existió.

El valor de la vida del “otro” lo da la educación en valores, es decir, es un don que se recibe y se asimila.

Hasta hace relativamente pocos años, los países industriales contrataban niños para trabajar, en la actualidad existen niños que participan de conflictos bélicos, muchos ancianos fallecen solos en los geriátricos.

En distintos sectores de la sociedad la familia se ha disgregado. Se prioriza el tener, los proyectos de vida, los viajes, un año sabático. Ser madre se difiere, en alguno de esos sectores, para edades mayores de los 35-40 años.

En otros nichos sociales, encontramos padres alcoholizados, inexistentes, violaciones encubiertas, adolescencias maltratadas, agredidas, ignorantes, mancilladas. Encontramos sexualidad irresponsable en todos los sectores sociales.

El cuidado de la persona, el cuidado de si, se aprende y está influenciado y determinado por el contexto social, político, ideológico, religioso.

En medicina se observa, en los ámbitos de formación, que el aprendizaje está dirigido, prioritariamente, hacia los aspectos biológicos y quedan relegados los aspectos humanos y bioéticos. Se da por sobreentendido el conocimiento de los valores necesarios para cuidar y acompañar a los pacientes desde el inicio de la vida hasta su muerte.

En la sociedad sucede algo similar. En muchas familias, la enseñanza de los valores queda relegada, no se enseña ni se discute el valor de la vida. El niño va aprendiendo a medida que crece qué es lo que se considera que está bien o mal. 

Los valores se enseñan, no vienen en los genes. Se aprende en la familia, luego en la escuela y conjuntamente en la comunidad a la que pertenecemos.

El valor de la vida

El valor de la vida humana ha ido cambiando a lo largo de la historia. No siempre se consideró que la dignidad de la vida del ser humano es inmaculada, inviolable. De no ser así, no hubiesen aparecido los Derechos Humanos (1948), espacio donde figuran los derechos de los niños. ¿Entonces, de qué nos escandalizamos cuando sectores de la sociedad defienden “su cuerpo”?

La importancia de la presencia de la vida humana en la mujer (en general, por obra y gracia de un hombre) depende de lo que esa mujer o ese hombre haya recibido en su familia, en su entorno. Este valor vida, se debe enseñar con el ejemplo, con dulzura, con amor, en ambientes de afecto y contención, de dialogo sincero.

En esos espacios sociales se aprende y se enseña el respeto, la dignidad por el otro, ese otro que comienza siendo “casi” insignificante y por el que después somos capaces de dar la vida.


Por Ignacio Sosa, Director del Centro de Bioética de la UCC.

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