Publicado el 16-03-2026 en Comercio y Justicia
Habermas y la razón esquiva
Por Gabriel Tosto (*)
La reciente muerte del filósofo alemán Jürgen Habermas invita a recordar a uno de los últimos pensadores que sostuvo, contra el clima intelectual dominante, una confianza rigurosa en la racionalidad pública. Su obra estuvo marcada por la defensa de lo que llamó racionalidad comunicativa: la idea de que los seres humanos pueden todavía encontrarse en el diálogo –dia-logos, encuentro de razones- para construir acuerdos comunes en sociedades plurales.
Habermas nació en Düsseldorf en 1929 y fue durante décadas una de las figuras centrales de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt. Entre sus obras más influyentes se encuentran Historia y crítica de la opinión pública (1962), Teoría de la acción comunicativa (1981) y Facticidad y validez (1992). En ellas desarrolló una propuesta filosófica que influyó profundamente en la teoría del derecho y la democracia contemporánea: las normas solo pueden considerarse legítimas si pueden justificarse racionalmente ante todos los afectados en condiciones de diálogo libre de coerción.
Conocí los textos de Habermas gracias a otro filósofo, el cordobés Gustavo Ortiz, uno de los pensadores más interesantes surgidos de nuestra provincia. Ortiz fue profesor en la Universidad Católica de Córdoba y en la Universidad Nacional de Río Cuarto, además de investigador del Conicet. Formó a generaciones de estudiantes en filosofía contemporánea y teoría del conocimiento. En uno de sus trabajos hablaba de “la racionalidad esquiva”, una expresión particularmente lúcida para describir la dificultad -pero también la necesidad- de sostener espacios de racionalidad pública en contextos atravesados por intereses, identidades o pasiones políticas o religiosas.
Hay en la trayectoria de Habermas una paradoja interesante. Él mismo llegó a afirmar que “no tenía órgano religioso”, es decir, que no poseía una experiencia personal de la fe. Sin embargo, fue uno de los filósofos que más insistió en la necesidad de un diálogo entre razón secular y religión en las sociedades modernas. Ese espíritu quedó especialmente reflejado en el intercambio público que mantuvo en 2004 con el entonces cardenal Joseph Ratzinger, posteriormente Benedicto XVI, en la Academia Católica de Baviera. Allí ambos defendieron la idea de que fe y razón pueden reconocerse mutuamente límites y recursos en la construcción de una cultura política común.
Esa convicción parece hoy casi una posición filosófica en extinción. El escenario internacional ofrece ejemplos inquietantes. La guerra en Medio Oriente enfrenta a potencias o Estados donde la dimensión religiosa sigue teniendo un peso significativo en la vida pública: Estados Unidos, con una de las tasas más altas de identificación cristiana entre los países occidentales; Israel, donde identidad nacional y tradición religiosa mantienen una estrecha relación histórica; e Irán, país de mayoría chiita dentro de un islam global predominantemente sunita y organizado institucionalmente como una república de fuerte impronta teocrática. Lejos de abrir espacios de deliberación racional, estas tensiones muestran hasta qué punto las identidades religiosas y políticas pueden convertirse en factores de confrontación.
La ética discursiva de Habermas invita, precisamente, a reflexionar sobre ese problema: cómo sostener procedimientos de diálogo y justificación racional incluso en contextos de conflicto profundo. También en nuestro país pareciera que la racionalidad pública -siempre frágil- se vuelve cada vez más esquiva. Las discusiones políticas y sociales suelen degradarse en enfrentamientos identitarios donde el intercambio de argumentos pierde lugar frente a la descalificación o la polarización.
Por eso vale recordar la lección de ambos filósofos. De Habermas, la persistencia en defender el diálogo incluso con aquello que uno no comparte o no comprende plenamente. De Gustavo Ortiz, la advertencia lúcida sobre la dificultad misma de la razón, siempre amenazada y sin embargo necesaria.
Estas líneas quieren ser un pequeño homenaje a ambos: a Habermas, por haber sostenido durante décadas la posibilidad del diálogo racional en sociedades pluralistas, y a Gustavo Ortiz, por recordarnos -desde Córdoba- que la razón puede ser esquiva, pero sigue siendo una tarea digna de ser buscada.
(*) Doctor en derecho (UNC) y maestría en filosofía, religión y cultura contemporánea (UCC)
Medio Publicado: Comercio y Justicia
Temática: UCC
Autor/Redactor: Gabriel Tosto
Fecha de Publicación: 16-03-2026