Publicado el 02-10-2026 en UCC

Economía al servicio del bienestar inclusivo

María José Aranguren Querejeta propone una investigación vinculada a los desafíos reales de las personas y los territorios.

Doctora en Ciencias Económicas y Empresariales, catedrática de la Universidad de Deusto y vicerrectora de su Campus de Donostia, María José Aranguren Querejeta, flamante doctora honoris causa de la UCC, ha dedicado su carrera a transformar la visión tradicional de la economía. Tras liderar durante más de una década Orkestra-Instituto Vasco de Competitividad, su trabajo se ha convertido en una referencia internacional sobre cómo conectar el conocimiento académico con los desafíos reales de las personas y los territorios.

En esta entrevista, la catedrática reflexiona sobre su trayectoria, el valor de la investigación transformadora y el compromiso ético de poner la ciencia al servicio de la justicia social y el desarrollo humano.

— ¿Qué la llevó a reorientar su forma de investigar?

—Al terminar mi tesis doctoral contaba con publicaciones académicas de alto impacto, pero sentía que mi trabajo no generaba una transformación real en la sociedad. Eso me hizo cambiar poco a poco la forma de investigar más en diálogo con diferentes actores del territorio. Hoy sostengo que la economía no puede ser una ciencia fría de abstracciones matemáticas alejada de las personas sino que debe apuntar al desarrollo social y el bienestar de las personas.

—¿Cómo se materializó esta visión en Orkestra con el marco de Competitividad para el Bienestar?

—En Orkestra comprendimos que la competitividad territorial y el bienestar social no son objetivos independientes, sino dos caras de una misma moneda. Construimos un marco sistémico estructurado en los resultados de bienestar como fin último, el contexto estructural del territorio y las palancas dinámicas —como la innovación, el conocimiento y las personas— sobre las que se puede incidir. Definimos la competitividad inclusiva como aquella donde toda la comunidad participa en la generación de valor, garantizando un acceso digno e igualitario a la salud, la educación y el empleo de calidad.

— ¿Cómo se traslada esta metodología a América Latina?

—Es crucial entender que no se trata de una estrategia de “copiar y pegar”. Cada región tiene una identidad, cultura e institucionalidad únicas. En Córdoba acompañamos el proceso junto a la Agencia de Competitividad y la Universidad Católica de Córdoba para que construyeran su propio marco desde sus capacidades endógenas. La clave está en sentar en una misma mesa a gobiernos, empresas y universidades para tejer gobernanzas colaborativas que rompan el trabajo en silos y respondan a los retos locales.

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—¿Qué papel deben asumir las universidades en la formación de los líderes sociales ante las incertidumbres actuales?

—Las universidades debemos “hacernos cargo de la realidad”, integrando la docencia, la investigación y la proyección social. En un contexto global de polarización e incertidumbre, la red de instituciones jesuitas tiene un potencial enorme para incidir positivamente a través de la colaboración. Además, debemos acompañar a las nuevas generaciones en la búsqueda de sentido, impulsando su vocación y formando jóvenes críticos y comprometidos con la justicia social y la construcción del bien común.

—¿Cuáles son las principales barreras para lograrlo?

—Creo que la distracción tecnológica y el ritmo acelerado dificultan parar, reflexionar y encontrar sentido. Las universidades jesuitas pueden aprender en red y formar nuevas generaciones comprometidas con la justicia social, lo colectivo y la colaboración.