Publicado el 08-07-2026 en UCC
La herencia de 1816: Un mapa de valores para la República de hoy
La independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata implicó un profundo acto de libertad y supuso el inicio de un complejo camino hacia la construcción republicana; un horizonte orientado al autogobierno, la igualdad ante la ley y la no dominación.
Argentina nació de la gesta heroica y visionaria de patriotas como Manuel Belgrano y José de San Martín, pero también al amparo de un ideario que reivindicaba la libertad como un atributo inherente del ser humano y como condición esencial para el desarrollo de los pueblos. Eran tiempos donde primaban valores personales como el honor y la valentía, imbricados con principios sociales fundamentales como la incansable búsqueda del bien común.
Hoy, en la conmemoración de los 210 años de nuestra declaración de la independencia, resulta indispensable comprender los sucesos históricos que marcaron aquella emancipación, sin embargo, el desafío actual radica en recuperar, vivenciar y asimilar los valores que forjaron nuestra historia para transformarlos en el motor esencial de nuestra vida en comunidad.
Los eventos que conducen a la independencia
Para comprender el escenario de 1816 es necesario recordar que la Revolución de Mayo de 1810 abrió dos interrogantes fundamentales, claramente sintetizados por el historiador Félix Luna: qué relación debíamos mantener con la metrópoli y qué régimen político debíamos adoptar en estas tierras. Las respuestas no fueron ni rápidas ni sencillas. En 1813, bajo un clima de profunda efervescencia revolucionaria, se reunió la Asamblea General Constituyente. Si bien este cuerpo dictó medidas trascendentales —como la adopción del himno nacional, la acuñación de moneda propia, la libertad de prensa, la libertad de vientres, la abolición de la mita, el yanaconazgo y el servicio personal, así como la supresión de los títulos de nobleza y los mayorazgos—, no logró declarar la independencia ni sancionar una constitución.
Hacia 1815 el panorama se volvió crítico: Fernando VII regresó al trono español y los movimientos emancipadores americanos aliados a Buenos Aires fueron virtualmente sofocados. Ante estos peligros la declaración de independencia se convirtió en una urgencia geopolítica. Así, el Congreso de Tucumán proclamó la independencia el 9 de julio de 1816, aunque debió dejar en suspenso las preguntas estructurales sobre el régimen político. Pese a los intentos constitucionales de 1819 y 1826, la sanción de una Ley Fundamental definitiva no se consolidó sino hasta 1853, tras décadas de cruentas guerras civiles entre unitarios y federales. Esto pone en evidencia que la opción por un régimen político democrático, y republicano, además, de un estado federal demandó un largo proceso de maduración institucional y grandes sacrificios.
Democracia y República
Este devenir histórico deja entrever los pilares sobre los cuales se asienta nuestra República: el autogobierno, la igualdad ante la ley y la soberanía popular.
Tal como explica Hannah Arendt, la política se basa en la existencia de una pluralidad diversa de individuos que tratan de estar juntos y es el ámbito por excelencia donde las personas, en su diversidad, deciden habitar juntas y se vuelven verdaderamente activas a través de la acción y la palabra.
De esta noción de autogobierno depende el verdadero imperio de la ley. Las normas solo adquieren legitimidad si todos, es decir, gobernados como gobernantes participan en su diseño y si se ofrecen fundamentos razonables para su acatamiento. El proceso democrático brinda a los individuos la posibilidad de argumentar en condiciones de igualdad, garantizando el respeto de sus derechos e intereses. Una democracia exige que las leyes se sostengan sobre razones válidas y compartidas, evitando la obediencia ciega que anula la conciencia ciudadana y conduce a la alienación.
La independencia como hoja de ruta
La supervivencia y la estabilidad de la República dependen de una ciudadanía activa, dispuesta a deliberar, a disentir a través de los canales institucionales, a negociar de buena fe y a cooperar socialmente. La convivencia democrática nos exige trascender el individualismo y asumir una noción compartida de responsabilidad colectiva.
En un mundo complejo, donde las diferencias a menudo parecen insuperables y el diálogo parece una utopía, mirar hacia atrás se vuelve un acto de lucidez. La gesta independentista nos legó una hoja de ruta clara: situar la mirada en el bien común por encima de la mera sumatoria de intereses sectoriales o particulares. Para lograrlo, resulta indispensable fortalecer nuestra capacidad de deliberación pública y sostener el respeto a las leyes que como pueblo nos otorgamos.
En definitiva, adaptar la esencia de aquellos ideales a las encrucijadas del siglo XXI es un imperativo colectivo. Robustecer las bases de la República es el mejor homenaje que podemos rendir a nuestra historia y la herramienta más eficaz para afrontar los desafíos del porvenir.
Por Verónica Luetto, docente de nuestra Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales