Publicado el 28-01-2026 en UCC

Donald Trump y sus consecuencias

El coordinador de la Licenciatura en Relaciones Internacionales de nuestra Universidad, Manuel Zelaya, analiza el polémico proceder geopolítico del presidente norteamericano.

No es novedad que Donald Trump actúe como un brabucón, un “bully”. Su vocabulario agresivo y sus constantes alabanzas a sí mismo rompen con los protocolos más ordinarios con los que se espera que se comporte el jefe de estado de la primera potencia a nivel global.

Sin embargo, Trump no solamente ha puesto en entredicho las formas de la diplomacia internacional: de manera más sustantiva, ha puesto en riesgo los mismos fundamentos mínimos en los que los estados basan sus relaciones exteriores.

Las amenazas de invadir Groenlandia y el canal de Panamá, la imposición unilateral de aranceles masivos y, de manera más espectacular, la captura de Nicolás Maduro en Venezuela, reflejan que normas de carácter imperativo, como la no intromisión en los asuntos internos de otros estados y la prohibición del uso o la amenaza de la fuerza, parecen ser solo papel mojado frente al aseguramiento de los intereses nacionales norteamericanos.

Fundamentos normativos del orden internacional

El derecho internacional se construye principalmente a partir de acuerdos entre Estados y de prácticas aceptadas como obligatorias. Esto se sostiene sobre un principio simple: los Estados son soberanos, es decir, en principio ejercen autoridad legal sobre su propio territorio y población, libres de injerencias extranjeras.

Esto, que a primera vista parecería positivo, tiene una contracara decisiva: no existe ningún ente, ningún “gobierno global” con capacidad estable y automática para sancionar a quienes violen esas normas.

En este sistema anárquico, sin autoridad central, no debería llamar la atención que Estados Unidos lleve a cabo acciones que buscan solamente su propio interés: sería idealista presuponer esto, y tampoco es la primera vez que ocurre en la historia.

Pero, paradójicamente, más allá de que los Estados puedan violar sistemáticamente las normas internacionales, lo que vemos en la realidad es que esto no ocurre: la guerra precisamente nos llama la atención porque presuponemos la paz, y los comportamientos abiertamente transaccionales, como la aplicación unilateral de aranceles y la captura de jefes de Estado, nos producen escozor porque esperamos que se sobreponga la cooperación.

Así, más allá de las disposiciones legales, existe una especie de expectativa compartida que permite evaluar si un acto favorece o no la convivencia pacífica en este mundo tan complejo e interdependiente.

Qué normas regularán el orden global

Aquí está la novedad de este segundo Trump. No en su modo polémico o sus exabruptos; ya los tuvo en su primera presidencia. Lo que presenciamos actualmente es una ruptura de aquellas formas que daban cuenta de un arreglo compartido sobre que algunos actos rompen el tejido social y las instituciones que permiten que existan un orden relativamente predecible y estable, así no pudieran ser sancionados por el derecho internacional. No se violan solamente reglas: se erosiona el “sentir común” de que hacerlo tiene un costo.

Algunos llaman esta ruptura como el fin de la “hipocresía” del poder y, en parte, tienen razón: los grandes poderes (Estados Unidos, China, Rusia) siempre tuvieron más libertad respecto del cumplimiento a rajatabla de las normas internacionales. Sin embargo, al menos la hipocresía mantenía viva la ficción de que las normas importaban.

Este corrimiento del velo presenta un mundo en donde las restricciones al comportamiento unilateral se ven cada vez menos discutidas y más naturalizadas, fundamentalmente cuando la gran potencia global, Estados Unidos, parece cada vez más dispuesta a ejercer unilateral e impredeciblemente su liderazgo.

Esta “nueva normalidad” no solamente es grave porque genera incertidumbre a nivel global, sino porque, tangencialmente, habilita progresivamente por imitación a todos los estados a actuar de la misma manera. Si el primus inter pares rompe las reglas, ¿qué legitimidad podría encontrar para sancionar un avance ruso sobre Ucrania o una eventual invasión china sobre Taiwán?

Si cae el costo reputacional de romper reglas, la única norma efectiva será la que dicte el equilibrio del poder material y la amenaza de la fuerza. En este mundo, los más débiles tienen la opción de adaptarse, alinearse o rogar por la benevolencia de aquellos que los dominan.


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